La santa cena
Para comprender la importancia de la Santa Cena, conviene volver a aquella mesa, aquel pan, aquellas manos que se partían a sí mismas.
Hay un instante, en el evangelio de Lucas, en el que dos discípulos caminan derrotados por la carretera de Emaús. Han visto morir a su maestro y todo lo que esperaban se les ha caído encima. Jesús se les acerca pero no lo reconocen. Caminan. Hablan. Se acalora la conversación.
Y entonces ocurre algo curiosísimo. Cuando llegan a la posada, Jesús hace ademán de seguir, y ellos lo retienen: quédate con nosotros, que se hace tarde. Se sientan a la mesa, Él toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. Y en ese gesto — solo en ese gesto — se les abren los ojos.
El pan partido
La Santa Cena no es un rito que celebramos por costumbre. Es la misma escena de Emaús repetida cada domingo: alguien parte el pan, alguien lo reparte, y de pronto reconocemos al Cristo que camina con nosotros aunque no siempre lo veamos.
“Cuando partió el pan, se les abrieron los ojos.” — Lucas 24:30–31
Por eso celebrarla rápido, con prisa, sin atender a lo que estamos haciendo, es perder precisamente la cosa. La mesa pide tiempo. La comunión pide presencia. El pan, para ser pan, tiene que ser partido.
Una mesa que no es nuestra
Conviene recordar que esta mesa no es de la iglesia ni del pastor ni de los que llevamos años aquí. Es del Señor. Por eso quien se acerca con corazón limpio puede acercarse — y por eso, también, quien se acerca con cualquier rencor pendiente debe primero ir a reconciliarse.
- ·¿Qué partes de mi vida necesito traer al pan partido?
- ·¿A quién tengo pendiente reconciliarme antes de acercarme a la mesa?
- ·¿Cómo cambia mi domingo si voy esperando que me abran los ojos?
Comentarios (8)
Gracias por esta reflexión, me ayudó mucho a prepararme para el domingo.
Excelente estudio. ¿Tienen previsto compartir las notas en PDF?
No conocía vuestra iglesia, llegué buscando esperanza y encontré algo más. Gracias.